Maquillaje urbano; o, Arreglando la ciudad a brocha y rodillo


“Aquí vemos los edificios multifamiliares de Barraza, el barrio más peligroso de la ciudad [de Panamá].”
Gerardo Mosquera, 2002
[foto de 1999]

Estas son las multis de Barraza: diez monolitos residenciales que seguramente nadie consideró bonitos ni cuando recién construidos. El dogma parece ser que las soluciones de vivienda no tienen por qué tener aspiraciones estéticas de ningún tipo, y éste es un buen sitio para ver los resultados. Barraza es interesante únicamente como ejemplo del horror de un esquema Corbusiano hecho con las patas y dejado al olvido, de un experimento habitacional fallido.

Después de varias décadas de uso y descuido, sus fachadas estaban cubiertas de moho y mugre y sus interiores estaban plagados de todo tipo de problemas sociales. Alguien tenía que hacer algo al respecto.

¿Cómo solucionar la situación? Pues con pintura. A finales de los noventa, una de las legisladoras del sector encabezó orgullosamente el remozamiento del conjunto, sustituyendo la vieja paleta de ocre y crema por un carnaval de alegres colores tropicales. De repente las multis de Barraza resplandecían en el frente marino de la ciudad, superando con creces los tonos de las casas recién remodeladas del vecino Casco Viejo. Qué importa que muchas de las ventanas todavía se cerraran con trapos, ahora Barraza estaba bonita (de lejos). Misión cumplida.

Una solución fácil, una oportunidad desperdiciada. Alguien tenía que hacer algo al respecto.

Pintar para vivir mejor

En 1999, aprovechando la libertad de nuestro último taller de diseño arquitectónico, presentamos una mejor solución: recuperar la tradición de pintar propaganda en las culatas de los edificios cubriendo Barraza con un mural turístico promocionando los atractivos del país, pero dedicando las multis de los extremos a la promoción de nuestra cerveza. Así las cervecerías cubrirían el costo de la pintura, y al gobierno sólo le quedaría llevarse el crédito por el inevitable mejoramiento la calidad de vida de los residentes.

Los esfuerzos ornamentales gubernamentales generalmente pecan de superficiales

Es indiscutible que una buena mano de (buena) pintura puede hacer maravillas por cualquier edificio. Además, pintar es rápido y relativamente barato. Y si el edificio ya fotografía bien, no hay por qué seguir gastando plata en lo de adentro. Así, el maquillaje urbano se convierte en una herramienta esencial en el repertorio de todo gobierno, eternamente ocupado y mezquino. ¿Se acerca un aniversario? ¡Pintemos! ¿Nos visita un mandatario? ¡Pintemos!

Pintando para Berlusconi

La semana pasada tuvimos en Panamá no uno sino un montón de mandatarios, incluyendo a Corea del Sur y a Milán. Brochas y rodillos, actívense. De repente amanecimos en un Casco Viejo pintadito de colores alegres y tropicales, mitad Barraza y mitad Mi Pueblito Afroantillano —aquella Disneylandia folclórica hija de Mayín Correa y Samuel Gutiérrez. Pero como esta administración del cambio lo hace todo diferente, esta sesión de maquillaje fue novedosa. En vez de repintar las plazas, las iglesias y el Teatro Nacional, se pintaron las cantinas en la avenida Eloy Alfaro y las ruinas en la avenida B, fachadas que tenían añales pudriéndose sin que nadie las volteara a ver.

Ruinas pintaditas

¿Por qué ignorar los monumentos y concentrarse en adornar dos calles donde no pasa nada? Pues porque ahí sí pasa algo: por ahí pasa el convoy presidencial. La agenda oficial de la visita no incluía paseo por el barrio, sólo un par de eventos en la presidencia, así que lo que importaba era que las vías de entrada y salida estuvieran presentables. Esto requirió un tipo nuevo de maquillaje urbano, hecho para ser visto a 80 kilómetros por hora y a través de vidrios oscuros, lo que rebajó los ya escasos estándares de calidad a niveles abismales.

Hueco pintado

Las paredes de bloque, que en su momento se levantaron rápido y barato para tapiar las casonas desalojadas, se pintaron aún más rápido y más barato. Se respetó el borde quebrado del hoyo de piedrero. Tampoco se pintó la basura de adentro.

Puerta pintada

Qué rico debe ser pintar sin tener que preocuparse de enmascarar o cubrir el piso con periódicos, y sin tener que dar una segunda mano sobre las piezas comidas de comején.

Segundo alto sin pintar

Sólo se pinta planta baja y primer alto. Igual nadie va a estar sacando la cabeza por la ventana para mirar para arriba.

Ruina pintada

Mi detalle favorito es el respeto a los segmentos sin repello que exponen la piedra y ladrillo de los muros, produciendo un efecto pintoresco muy de la vecindad del Chavo.

El maquillaje urbano no engaña a nadie, y su profusión ha obligado a los ojos educados a desconfiar de toda fachada sospechosamente coloreada. No se debe juzgar un libro por su cubierta ni un edificio por cuán fresca esté su pintura. Y si tienes un problema, y poco tiempo o dinero, pinta y estarás haciendo ciudad.

Claro que hay casos que ni con pintura.

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  1. Jose Isturain

    Esto es una verguenza nacional…No esperaba menos de nuestros gobernantes…poca sensibilidad a los espacios públicos de nuestra ciudad…

  2. pilar moreno

    Muy buena tu crónica -una vez más-. Lo que hicieron es triste pero a la vez, da risa. Me hiciste acordarme de “Bienvenido Mr. Marshall”, la película de Berlanga donde, para tratar de recibir ayuda de los gringos, un pueblo de Castilla se disfraza de pueblo andaluz, que es lo que “les gusta a esos americanos”. Cambian las fachadas de las casas y todos los habitantes van por la calle vestidos de flamencos. En el Casco Viejo hubieran podido repartir algo de vestuario, esa parte les quedó un poco floja…

  3. Darién

    Bienvenido Mr. Marshall

    Reímos para no echarnos a llorar. Y lo más tragicómico es que recién estrenada la nueva administración de la oficina del casco se murmuraba que uno de sus proyectos era precisamente eso: contratar azafatas vestidas ‘de época’ para contonearse por el barrio. Bonita idea: hacer aquí un Mi Pueblito Colonial.

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