La Arquitectura Feoclásica es Rara

¡Qué Rareza! Gracias al cabildeo de Hoja de Bijao, nuestro proyecto documental La Arquitectura Feoclásica Panameña tiene todo un spread enterecito en la presente séptima edición de aquella prestigiosa publicación guatediseñosa artistoarquitectónica par excellence: RARA. Si le tienen paciencia al issuu, pueden verla siguiendo este hiper-vínculo. Si no le tienen paciencia a nada que yo no haya escrito, pueden pasar derechito a la página 70. Claro que si hacen eso se van a perder el editorial, que incluye un blurb que mi narcisismo me obliga a reproducir:

El pueblo establece sus ideales y sus reglas: lo vemos en Arquitectura Feoclásica Panameña y en [REDACTED]. Esto nos hace cuestionarnos y replantearnos el camino y el papel del diseño, el arte y la arquitectura en nuestro contexto: vivimos en el contraste y la dualidad de un mundo influido por la tecnología, avances y mega creaciones occidentales y la innegable realidad de los “países en desarrollo”.

Yo no lo habría podido decir mejor.

Si tienen paciencia (y no tienen suscripción), pueden esperar a que bajen a Panamá los ejemplares en papel —que siempre son muy bonitos y seguro a esta hora vienen pasando Tegucigalpa— y si me tratan bien capaz que hasta les autografío la puerta cochera de The Bellagio. Pero por mientras aquí los dejo con el texto, que aunque no esté en Gothic Light, sí mide exactamente los 8,000 caracteres de longitud especificados en el brief.

La Arquitectura Feoclásica Panameña: Con un pie en Atenas y el otro en Las Vegas

Panamá es una ciudad moderna y orgullosa. A pesar de haber sido recientemente considerada por The Economist como la quinta ciudad más barata del mundo, cuenta una arquitectura que simboliza todo lo contrario: Panamá manifiesta sus aspiraciones —y delirios— de grandeza construyendo alto y bonito. Lo que fue el primer asentamiento colonial en la costa del Pacífico americano está ahora sembrado de rascacielos, con un skyline de película que incluye las cinco torres más altas de Latinoamérica. La tendencia a lo vertical de su arquitectura y la tendencia al spanglish de su gente le ganan constantes comparaciones con Miami, a veces con orgullo, a veces con desdén. Y es que por apuntar a ser una metrópoli de primer mundo, nuestros edificios modernos son, con muy contadas excepciones, paralelepípedos con mucho cristal que de no ser por un par de balcones y aleros, bien podrían estar en cualquier sitio.

Pero entre tanta modernidad genérica se da también un lenguaje alternativo, delirantemente decorado con ornamentos clásicos. En estas torres de apartamentos con nombre de casino de Las Vegas —The Mirage, Bellagio Tower, Venetian Tower— las columnas de orden gigante y capiteles corintios existen felizmente junto a losas planas y muros cortina. Esta es la Arquitectura Feoclásica Panameña.

El epónimo proyecto de documentación y publicación, albergado en https://arquitectopana.com/feoclasico, busca contextualizar y valorizar este estilo de arquitectura que es producto de nuestra cultura de apropiación —en el sentido de tomar de otro lugar, adecuarlo al nuevo medio, o simplemente adoptarlo como propio— tan presente en todo lo que hacemos. Luego de una ponencia y un par de artículos, la etapa presente del proyecto consiste en un Atlas en línea con las obras más relevantes en todo el país, acompañadas con fotografías y datos interesantes sobre cada edificio: un work in progress inacabable.

Empecemos explicando el neologismo. Feoclásico es un portmanteau: una palabra compuesta que designa esta degeneración de la arquitectura clásica grecorromana que todo buen esnob encuentra tan repulsiva. El Feoclásico es la alegre aplicación de decoración historicista, aplicada sin muchos escrúpulos. Junto a las arquitecturas clásica y neoclásica, la Arquitectura Feoclásica culmina un ciclo original-revival-decadencia. Es una arquitectura superficial y de superficies: de fachadas, y especialmente de la fachada frontal. Se hace recubriendo el edificio con los ornamentos que simbolizan la idea arquetípica de Arquitectura —columnas con capitel, balaústres, frontones— que tradicionalmente denota a instituciones respetables como templos, cortes y bancos. Así, el Feoclásico inviste a cualquier construcción, por modesta que sea, con asociaciones simbólicas al poder político, eclesiástico y monetario; ¿y quién no querría eso de su edificio? Lo que distingue al Feoclásico de otros posmodernismos es que esta rocalla simbólica parece salir de la memoria y creatividad del arquitecto (o del cliente) y no del estudio concienzudo de los modelos clásicos y de las normas que regían su ornamentación.

El Feoclásico aspira a Atenas, pero produce Las Vegas. Es una arquitectura lúdica y ludopática. Las Vegas se visita por pocos días —e idealmente en estado de embriaguez— pero el Feoclásico es un Las Vegas perenne donde hay que vivir toda la vida. El Feoclásico está también emparentado con la arquitectura efímera del carnaval de Las Tablas: carros alegóricos, tronos de coronación, fantasía y donaire, escarcha y lentejuela. El Feoclásico extiende estos excesos durante el resto del año, todos los años.

Pueden distinguirse dos grandes clases de Feoclásico. El más abundante es el Feoclásico Popular, generalmente anónimo y de pequeña escala, que se utiliza en residencias y parques en todo el país para demostrar riqueza (“Aquí viven profesionales de éxito”) o inspirar a la conmemoración (“I Am a Monument”). Aunque a veces se presenta en construcciones nuevas, generalmente aparece como un proceso gradual y aditivo sobre edificios preexistentes, revistiendo capitel por capitel y balaústre a balaústre una casa o una barriada completa. Más notable es el Alto Feoclásico, grandilocuente y particularmente ofensivo, endémico de la ciudad y de los suburbios y desarrollos vacacionales más exclusivos. Es alto por sus pretensiones más refinadas y porque se aplica principalmente en torres de apartamentos de lujo. A diferencia del Popular, este es un Feoclásico de autor —de Arquitecto— de allí que también se llame Alto por su precio.

Como América se conquistó a inicios del siglo XVI, la primera Arquitectura con A mayúscula de nuestro continente fue de estilo Barroco, rica pero rigurosamente ornamentada. Este estilo, católico y de la contrarreforma, usaba sus fachadas y retablos profusamente decorados como herramientas evangelizadoras que expresaban la gloria de Dios y de la Santa Madre Iglesia. El Barroco de Indias es un estilo mestizo basado en la imitación de modelos europeos usando mano de obra local, por lo que es inevitablemente influenciado por la estética nativa. Estas características —siempre presentes en la arquitectura panameña— desembocan 500 años más tarde en el Feoclásico, que es la apoteosis de lo híbrido, lo imitativo y lo ornamentado.

Puede decirse que el Feoclásico nació casi al mismo tiempo que Panamá. A pocos meses de fundada  la República en 1903 el gobierno inicia una campaña de construcción de grandes edificios públicos para la capital. Para diseñarlos vino a Panamá el italiano Gennaro Ruggieri. Todos sus edificios —Teatro Nacional, Palacio Municipal, Instituto Nacional y Palacio de Justicia— usan un tosco y recargado estilo renacentista, una arquitectura que por medio de la imitación y el ornamento aspira a acercar a los panameños a las glorias del Viejo Continente. Durante el resto del siglo XX, la arquitectura panameña continuó inspirándose en otros sitios y otros tiempos, ya sea las misiones californianas en los treintas o la Brasilia Corbusiana en los sesentas. Las referencias a las glorias de Grecia clásica y la Roma imperial que nos ocupan aparecen a mediados de los noventa. Inicialmente aplicado en residencias o pequeños proyectos institucionales, el Feoclásico rápidamente se extendió a proyectos de mucha más altura y mucha más visibilidad; para 2000 ya teníamos múltiples ejemplos, incluyendo hospitales y torres de apartamentos, y en los últimos doce años se han hecho legión.

Como todo movimiento de vanguardia, el Feoclásico ha sido grandemente ignorado por el establishment. La academia y la crítica generalmente lo descartan como el producto del mal gusto de los nuevos ricos, como mala arquitectura, como algo de lo que no se debe hablar, y discretamente miran hacia otro lado. Había que hacer algo al respecto. Primero lo primero: bautizar el fenómeno. Como Jencks panameños, en 2010 proponemos llamarlo Feoclásico, y —por alguna razón— el término caló rápidamente. Siguió una ponencia, una exhibición y un ensayo publicado en un libelo, todo para dar un contexto histórico y teórico a la Arquitectura Feoclásica Panameña, y reivindicarla como una manifestación válida y valiosa de la cultura local.

La arquitectura Feoclásica es una clara expresión de nuestro espíritu nacional, producto del amor latinoamericano por el ornamento y la ostentación. Está en todas partes, y hay muchos que lo aprecian sinceramente; nuestra tesis es que tenerle afecto no tiene nada de malo. De hecho, estamos convencidos de que es lo más interesante que ha surgido de nuestro medio construido en las últimas décadas. Afortunadamente, cada vez hay más profesionales interesados en estudiarla y documentarla, y más edificios expandiendo los confines de esta Nueva Arquitectura. Queda por verse cuál es la siguiente fase de este proyecto: quizás una Fundación Amigos del Feoclásico o hasta un Congrès International d’Architecture Feoclassique.

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