Je suis un columnista

Este es LATERAL//, un periódico independiente que acaba de cumplir dos ediciones. Lo menciono, naturalmente, porque en las dos me han publicado mis rumias redactadas. Imagínense: yo, el columnista.

Para su episodio inaugural de abril 2011 —que si no tienen pueden leer acá en issuu— me invitaron a que les contribuyera con 350 palabras tipo fábula con moraleja y eso. Y dice:

La fábula del oso y el handlebar

[Nota Bene: Como los arquitectos nunca admitimos cuando le estamos buscando la quinta pata al gato, sugiero que es posible que esta fábula esté basada en hechos de la vida real, tal vez a bordo de un Ticabus en enero de 2005. Y como nos entrenan para pensar outside the box de formas predecibles e intrascendentes, empiezo por la moraleja: No es bueno andar por ahí imitando a Sufjan Stevens, especialmente cuando uno está de vuelta en el trópico.]

Media tarde. La mole de pelo blanco y grasa corporal sentada al lado mío empezó de pronto a enroscar vigorosamente las puntas de su bigote. “¿Sabes? Generalmente llevo el mío como Belisario Porras”, dijo, tratando de apelar a mi patriotismo. “Con cera y todo. Yo solo me dejo la barba cuando estoy de viaje. ¡Me hace ver tan viejo!” Empezó a frotarse los cachetes peludos. “Y solo tengo 43 años”, mintió. Cuando me volvió a preguntar mi edad y le dije que seguía teniendo 27 susurró “Y eres un hombre muy apuesto”.

(Nunca se me ocurrió que mi vello facial podía ser interpretado como santo y seña de un cub, un otter o un cazador de osos. ¿Acaso no basta con cuidarse de poner pañoletas de colores en los bolsillos de tu jean? Es lo malo de acostumbrarse a Nueva York, donde todo es ironía y la ironía lo es todo.)

Se pone el sol. Mi mirada fija en el televisor que quince filas por delante ponía una copia pirata de Mean Girls. Naturalmente no se escuchaba nada, y los subtítulos sólo se veían como una mancha amarilla abajo de la pantalla. “Este show es mucho mejor”, dijo Michael apuntando una pata al atardecer sobre la sabana veragüense que estábamos atravesando, las salchichitas Viena de sus dedos a pocos centímetros de mi cara. “Yo lo he visto mil veces” contesté, tratando de matar la conversación sin que pareciera coqueteo. “Bueno, yo bien podría quedarme aquí, mirándote por horas y horas.” Todo un Casanova, este oso. Me concentré en Tina Fey como nadie lo ha hecho nunca.

(Me pregunto si por esto fue que Sufjan se afeitó su handlebar. Claro que él, como devoto cristiano, seguramente se mueve en círculos más sanos.)

Noche. “Darién! Darién! ¿Quieres un guineo o una pera o algo? ¿No? ¿Seguro? También tenemos ron, si quieres.” Esa noche dormí con un ojo abierto y, lección aprendida, me afeité en cuanto llegué a un lavamanos.

Cualquiera se imaginaría que un debut como ese es como para matar en su cuna cualquier carrera de columnista, así que todavía no salgo de la sorpresa que no solo me hayan pedido otras 425 palabras para su edición 02 de julio 2011 —también disponible aquí en issuu— sino que me las hayan publicado. Mi verborrea hizo 550 palabras, así que el pedacito del final no cupo en papel y se derrama en su blog (de donde me estoy robando el muy mejor título). Y dice así:

Cariños Bill

Panamá: puente del mundo, corazón del universo. Aquí ha venido todo el mundo: Colón en Bocas y Gaugin en Taboga. Pero mi nuevo visitante célebre favorito es William Burroughs, que estuvo aquí para sacarse las almorranas y regodearse en nuestro ya entonces famoso bajo mundo.

Siguiendo una referencia (gracias José Manuel), me enteré por Google de su libro Cartas del yagé: una (¿supuesta?) correspondencia con Allen Ginsberg donde Burroughs documenta su expedición al Amazonas en busca de la mítica Ayahuasca. Después de no encontrar la copia de mis padres hippies en su ático/biblioteca, volví a Google, que de una vez me escupió un pdf que abre, como para facilitarme el trabajo, con las aventuras panameñas. Como hablamos de Burroughs, hay un chorro de cosas que no me atrevo a repetir, pero como hablamos de ustedes, queridos lectores, estoy seguro que ya están a punto de hacer click en “search.” Y realmente los insto a buscar los originales en inglés, que son extra puercos.

Hotel Colón, Panamá, 15 de enero de 1953

Querido Allen:

Me quedé aquí para hacerme sacar las almorranas. 

Antes, Panamá era una ciudad paregórica. En cualquier farmacia se podían comprar cuatro onzas. Ahora los boticarios no quieren saber nada y la Cámara de Diputados estuvo a punto de dictar una ley especial.

Fui al hospital enfermo por el opio y pasé cuatro días allí. No me daban sino tres inyecciones de morfina y no podía dormir a causa del dolor, el calor y la falta de opio.

Después que me dieron de alta en el hospital, pasé por la Embajada. Frente a ella hay un terreno baldío con árboles y maleza donde los muchachos se desvisten para nadar en las aguas sucias. Olor a excrementos, agua de mar y lujuria de jóvenes. No había carta alguna. Hice otro alto en el camino para comprar dos onzas de paregórico. El mismo Panamá de siempre. Putas, putos y rufianes.

Yo tenía un artículo que hablaba de una taberna, en las afueras de la ciudad de Panamá, llamada “Blue Goose”. “Es éste un local donde todo puede ocurrir. Los vendedores de drogas están al acecho en el baño de hombres con una hipodérmica cargada y lista para clavarla. Hay veces que surgen de alguno de los retretes y se la clavan a uno en el brazo sin esperar a que diga algo.”

El “Blue Goose” tiene el aspecto de una de esas tabernas de los caminos en la época de la prohibición. Un edificio bajo y largo, venido a menos y cubierto de enredaderas. Se oía croar las ranas en el bosque y en los pantanos que lo rodeaban. Afuera había unos pocos coches y adentro una débil luz azulada. Inmediatamente, dos Putas viejas se sentaron a mi mesa sin ser invitadas y pidieron bebidas. La vuelta costaba seis dólares con noventa. La única cosa que acechaba en el baño de hombres era el encargado de los lavatorios, insolente y pedigüeño.

Me encontré por casualidad con mi viejo amigo Jones, el chofer de taxi, y le compré un poco de C, que estaba lindamente falsificada. Casi me ahogué tratando de aspirar lo bastante de esa porquería como para levantarme. Eso es Panamá. No me sorprendería nada que adulterasen a las Putas con esponjas de goma.

Cariños,

Bill

Vamos a ver si después de esta me piden una tercera columna. Crucemos los dedos. Si me organizan una campaña de colecta de firmas para apoyarme, no me pongo bravo. Y para que se convenzan de lo buena gente que soy, acá les transcribo la carta famosa enterecita, escrita en el Hotel Colón de Santa Ana. Caveat lector, NSFW, & cetera. Que dios los ampare y los favorezca.

January 15, 1953
Hotel Colon, Panama

Dear Allen,

I stopped off here to have my piles out. Wouldn’t do to go back among the Indians with piles I figured.

Bill Gains was in town and he has burned down the Republic of Panama from Las Palmas to David on paregoric. Before Gains, Panama was a pig town. You could buy four ounces in any drug store. Now the druggists are balky and the Chamber of Deputies was about to pass a special Gains Law when he threw in the towel and went back to Mexico. I was getting off junk and he kept nagging me why was I kidding myself once a junkie always a junkie. If I quit junk I would become a sloppy lush or go crazy taking cocaine.

One night I got lushed and bought some paregoric and he kept saying over and over, ‘I knew you’d come home with paregoric. I knew it. You’ll be a junkie all the rest of your life’ and looking at me with his little cat smile. Junk is a cause with him.

I checked into the hospital junk sick and spent four days there. They would only give me three shots of morphine and I couldn’t sleep from pain and heat and deprivation besides which there was a Panamanian hernia case in the same room with me and his friends came and stayed all day and half the night—one of them did in fact stay until midnight.

Recall walking by some American women in the corridor who looked like officers’ wives. One of them was saying, “I don’t know why, but I just can’t eat sweets.”

“You’ve got diabetes, lady,” I said. They all whirled around and gave me an outraged stare.

After checking out of the hospital, I stopped off at the U.S. Embassy. In front of the Embassy is a vacant lot with weeds and trees where boys undress to swim in the polluted waters of the bay—home of a small venomous sea snake. Smell of excrement and sea water and young male lust. No letters. I stopped again to buy two ounces of paregoric. Same old Panama. Whores and pimps and hustlers.

‘Want nice girl?’
‘Naked lady dance?’
‘See me fuck my sister?’

No wonder food prices are high. They can’t keep them down on the farm. They all want to come in the big city and be pimps.

I had a magazine article with me describing a joint outside Panama City called the Blue Goose. ‘This is anything goes joint. Dope peddlers lurk in the men’s room with a hypo loaded and ready to go. Sometimes they dart out of a toilet and stick it in your arm without waiting for consent. Homosexuals run riot.’

The Blue Goose looks like a Prohibition era road house. A long one story building run down and covered with vines. I could hear frogs croaking from the woods and swamps around it. Outside a few parked cars, inside a dim bluish light. I remembered a prohibition era road house of my adolescence and the taste of gin rickeys in a mid west summer. (Oh my God! And the August moon in a violet sky and Billy Bradshinkel’s cock. How sloppy can you get?)

Immediately two old whores sat down at my table without being asked and ordered drinks. The bill for one round was $6.90. The only thing lurking in the men’s room was an insolent demanding lavatory attendant. I may add that far from running riot in Panama I never scored for one boy there. I wonder what a Panamanian boy would be like. Probably cut. When they say anything goes they are referring to the joint not the customers.

I ran into my old friend Jones the cab driver, and bought some C off him that was cut to hell and back. I nearly suffocated myself trying to sniff enough of this crap to get a lift. That’s Panama. Wouldn’t surprise me if they cut the whores with sponge rubber.

The Panamanians are about the crummiest people in the Hemisphere—I understand the Venezuelans offer competition—but I have never encountered any group of citizens that brings me down like the Canal Zone Civil Service. You can not contact a civil servant on the level of intuition and empathy. He just does not have a receiving set, and he gives out like a dead battery. There must be a special low frequency civil service brain wave.

The Service men don’t seem young. They have no enthusiasm and no conversation. In fact they shun the company of civilians. The only element in Panama I contact are the hip spades and they are all on the hustle.

Love, Bill

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