Panamá, ciudad bipolar

El miércoles me han invitado a hablar en el Congreso de Salud Mental y IX Foro Científico del Instituto Nacional de Salud Mental “Salud Mental y Ciudades Saludables”. Naturalmente, voy a hablar del museo que estoy haciendo, pero he aprovechado para hacer unos mapas de contexto que hace rato tenía dando vueltas en la cabeza.

La ciudad bipolar. Si bien la famosa frontera entre la ciudad panameña y la (antigua) zona del canal, esa línea de la que los viejos nos acordamos y que seguro hasta los jóvenes ven en sus clases de urbanismo, lleva diez años terminándose de disolver, aún es muy visible desde el aire. En el límite, que corre por la avenida de Los Mártires y el río Curundú, se enfrentan dos condiciones fondo-figura opuestas: un lado es gris con lunares verdes, urbano y denso; el otro es verde con lunares grises, suburbano y disuelto.

Panamá es una ciudad de penínsulas. El Casco Viejo y Paitilla son penínsulas naturales (¿reales?), pero la mayoría son artificiales: Amador, el causeway de Figali, la península del Club de Yates y Pesca y Punta Pacífica. Más al este estaría el relleno frente a Atlapa anunciado el 29 de julio, del que seguramente volveremos a hablar. Estos accidentes memorables y fotografiables son seguramente lo que nos viene a la mente cuando pensamos en Panamá. Estos enclaves encapsulados de urbanidad concentrada, modelos de portada de brochure turístico, simbolizan y ocultan las miles de hectáreas de ciudad anónima que crece tierra adentro y fungen como laboratorios donde experimentar con los futuros de la ciudad. Igual que el Panamá del Casco Viejo se extendió hacia el este durante el siglo pasado, el Panamá de Paitilla ahora ha infectado todo el frente marino de la ciudad, y ha generado Paitillas satélite al este y al norte.

Como toda gran ciudad, Panamá tiene parques de varios tipos: chicos, desatendidos, subutilizados, inaccesibles y distantes. Aquí seguro se me olvidaron algunos (les agradezco que me avisen antes del miércoles), pero igual se visualiza la escasez que nos aqueja. Esquina inferior izquierda: el parque botánico del Biomuseo, un futuro nuevo espacio abierto verde público gratuito de tres hectáreas. Mantengo ilusamente signos de interrogación sobre el Club de Yates, cuya lengua de tierra podría parquificarse si el club se llega a mudar quién sabe adónde, y sobre el causeway de Figali, donde ojalá no esté apuntando la extensión de la cinta costera.

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